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Crónica visita Mahou-San Miguel

Os enviamos la crónica magníficamente narrada por nuestro querido Jose Luis y desde aquí queremos agradecer su labor como cronista y fotógrafo del evento.

“¿No es la cerveza la libación sagrada de la sinceridad? ¿La poción que disuelve toda hipocresía, cualquier farsa de buenos modales? ¿La bebida que incita a orinar sin pudor y a engordar sin preocupaciones?”

Milan Kundera

AUDEMA ha preparado esta interesante visita, una más, para sus asociados en una fría mañana de Enero. El autobús da una vuelta por las enormes instalaciones de la fábrica antes de depositarnos en el acceso, donde nos recibe nuestro guía, un joven barbado que va a resultar muy simpático y dicharachero.

En un espacio habilitado al efecto, se proyecta un entrañable video que cuenta la historia familiar de la fábrica, a través de varias generaciones y de varias localizaciones, hasta llegar a la fábrica actual, la segunda más grande de Europa, que ocupa 430.000 m2 de superficie -80 campos de fútbol, la comparación inevitable en este país tan futbolero- y que produce 650 millones de litros, más de la mitad del grupo, que tiene otras factorías y que ha absorbido a San Miguel, Alhambra, etc., y el agua Solán de Cabras.

Un pequeño decorado que semeja una arquitectura románica, del siglo XII, sirve para introducir, mediante sonido y una escueta proyección, el modo cómo los monjes medievales elaboraron artesanalmente la cerveza, conocimientos que han ido pasando a través de los tiempos. Ya William Shakespeare dejó dicho que “la mejor cerveza está donde van a beber los monjes”.

Aquí empieza realmente la visita al proceso de fabricación de la cerveza. Los primero que se ve son las dos salas de cocción, de donde saldrá el mosto.

En medio de las dos se sitúa la sala de control, el único lugar de la fábrica donde vemos varias personas juntas. Según el guía, son todos maestros cerveceros, con formación de farmacia, biología, etc., y controlan desde sus pantallas todo el proceso, atentos a interrumpirlo si hubiese alguna anomalía, y a solucionar el problema de forma informática o, incluso manual, si fuese necesario. La fabricación no se interrumpe y se trabaja en tres turnos.

Para empezar por el principio, vemos las distintas variedades de la materia prima, malta y lúpulo, de las que nos explican sus características especiales y los tipos de cerveza a los que dan lugar. El agua es la del río Sorbe, el principal afluente del Henares, almacenada en el embalse de Beleña –objetivo de una salida del Grupo Andarista de Audema -, y de la que se bebe en Guadalajara, Azuqueca de Henares, Alcalá de Henares y los pueblos intermedios.

Lo más importante es la levadura, el hongo encargado de la transformación de los azúcares en alcohol y anhídrido carbónico mediante la fermentación. Sus cepas originales, secreto de estado y señas de identidad de la marca, se guardan en el departamento de I+D y en un banco de levaduras de Munich.

Unos paneles informan del proceso que nos están explicando y que empieza con la molienda de la malta, maceración, filtrado y ebullición, donde se incorpora el lúpulo que da el característico sabor amargo. En los unitanques la levadura hace su trabajo de fermentación y el producto pasa a los tanques de prellenado.

Al final del pasillo salimos a la intemperie, al frío matinal. Aquí está el departamento de I+D, centro artesanal, a un lado, y, al otro, los tanques de almacenamiento, con la temperatura regulada del exterior, tanto en invierno como en verano, por unas capas aislantes con amoniaco.

Estamos en lo que el buen humor del guía llama el “Puente de los suspiros”, una estructura elevada al nivel de una primera planta y abierto a todos los vientos de estos gélidos días del invierno. Aquí hay unos curiosos grifos para tomar muestras.

Avanzando un poco más llegamos a las bodegas de las barricas, de roble francés y americano, algunas que habían contenido bourbon y que dejan un ligero toque en la cerveza.

Desde la elevación del “Puente de los suspiros” puede verse bien las estructuras que forman esta compleja instalación. Unas altas chimeneas humean ligeramente mientras el escasamente tibio sol de esta mañana invernal arranca destellos del plateado acero de los tanques, bajo un cielo alto, intensamente azul y limpio de nubes.

El puente incluso cruza un pequeño arroyuelo, que está canalizado, y que se mantiene por indicación del Ayuntamiento de Alovera. Pero no hay nada de vegetación. El color verde no existe, salvo en pintura.

El puente termina en el acceso a otra gran arquitectura. Salimos del frío y entramos en el ruido. Es la sala de envasado. A través del aparato con auriculares que nos han suministrado a la entrada, y que no funciona muy bien, vamos entendiendo algo de la explicación del guía, referida a las distintas cadenas.

Las máquinas en movimiento producen un ruido ensordecedor. Los distintos envases, botellines, latas, bidones, etc., circulan por sus caminos con elevada disciplina, bien alineados y ordenados. Aquí y muy allá aparece algún operario, pero el proceso parece totalmente automatizado.

Las máquinas han sustituido a las personas. Las grandes cifras de la instalación y la producción no se traducen en otras similares referidas a los puestos de trabajo.

Al final de la sala llegamos a un bar en el que nos esperan unos aperitivos y la cata de los tipos de cervezas que nos han explicado.

Además, a la salida, nos obsequian con un estuche de tres cervezas, todo lo cual agradecemos a Mahou. Con todo esto, la visita nos ha dejado un buen sabor de boca.

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